Este es el texto que prometí acerca de la historia previa al Cabezote. Entre lo que más respeto se encuentran mis promesas. Vale el tiempo mirarlo, disfrútenlo.
Abril de 2009: rezos entre ruido, pasos distraídos, miradas profanas y espíritus mundanos en búsqueda de ser absueltos de su propia vida eran las características del personal típico de la "Semana Santa": unos con fe devota, otros con modestia devota y, ocupando largas extensiones de carretera, aquellos con ego devoto. Todo ello percibí y pasé desapercibido el día en que sentencié con total impunidad -al estilo de mi país- mi mente y cuerpo -ambos inocentes- a cumplir con la condena de sufrir una adicción a un Videojuego.
Así fue el veredicto (mi mano derecha en alto y dejando al decubierto su palma y dedos, que posteriormente serían los pilares de mi eficiencia):
- "Debe aprender a lo largo de la 'Semana Santa', con una inversión de 4 horas diarias, todo lo necesario para jugar adecuadamente; luego, en el doble de días y con el mismo tiempo ejercitar su aprendizaje y mejorar sus conocimientos; y finalmente experimentar un crecimiento diario en la inversión temporal hasta conseguir un total de 18 horas diarias durante 3 meses".
- Fácil, acepto- dije sin antes leer "la letra pequeña".
"Letra pequeña": Cuando logre el último objetivo, o sea, invertir tres cuartos de su vida en el Juego durante el tiempo estipulado, su libertad estará en sus manos.
Salía de la Universidad después de haber solucionado un examen tardío. Estaba solo, pero mi soledad no era consecuencia de un estado asocial sistemático como suele suceder en algunas personas: que por razones que van desde la estupidez hasta el odio optan por ignorar la compañía humana; no, conmigo era diferente, yo simplemente no tenía con quien vivir mi amargo desasosiego porque la noche no lo implicaba y, quizás al confundir amargura personal con sed corporal, decidí comprarme una bebida y, por inercia alimenticia, también algo de comer.
Me hallaba sentado al lado de las escaleras del Metro, bebiendo y comiendo... y pensando. ¿Qué más podría hacer una persona sola que pasa la noche de la primera y más sencilla forma posible? Pensar -creo yo-. Brisa fuerte y una noche nubosa a causa de una lluvia incipiente: siempre había disfrutado estar cerca de ese lugar porque la infinidad de árboles que hay en derredor provocan una brisa refrescante y un ambiente tranquilo. Sentado, solo, naturaleza, lluvia y... mierda: ¿Cómo podría disfrutar aquel momento si en mi mente inquieta habitada una discordancia entre mi vida y la realidad impelente de una nostalgia devastadora?
Sería placentero si esa sensación solo se hubiera presentado una vez -o dos- a manera de enseñanza o advertencia vital y yo la hubiese aprovechado para fortalecer mi voluntad, pero la verdad era que ya se había expuesto hacia mí y luego quedó impuesta por decisión mía: me encargué de doblar mi supuesta voluntad en cuatro partes iguales y meterla en el armario en la sección de "ropa pa'l desgaste".
(Continúa)
Mucho mejor. Punto.
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